Un rostro sin lagrimas
25 Octubre, 2007 — DavidUn rostro sin lagrimas
Que sepas que te querré siempre.
Se acercó y posó suavemente una mano sobre su pecho mientras le mi-
raba fijamente con aquellos ojos en los que tantas veces había visto refle-
jados sus sueños y que ahora brillaban como dos estrellas gemelas al brotar
una lágrima de ellos. El intentó cogerla con su dedo, pero no pudo, como
tampoco podía sentir su mano en su pecho, ni el calor de su cuerpo junto a
él.
Los hologramas no tenían cuerpo, y su cuerpo, el que tantas veces acari-
ció y tuvo entre sus brazos, cálido y reconfortante, en ese mismo sillón en
el que se encontraba ahora, vagaba en esos momentos frío y sin vida por el
vacío interestelar por el que viajaban.
Lentamente se puso de pie sin dejar de mirarle con sus ojos grises.
Dio dos pasos hacia atrás mientras enjugaba las lágrimas con el dorso de
su mano, y se mordía suavemente el interior de su labio. Aquel gesto invo-
luntario, que tantas veces le había hecho estremecerse al darse cuenta de
cuanto la amaba, y que una vez más provocó que un escalofrío recorriera su
espalda.
Sin decir nada más, el holograma de la mujer que amaba cerró los ojos
y desapareció. El se quedó allí, sentado en el sillón de su cuarto camarote,
mirando fijamente el lugar donde el holograma había desaparecido.
Al cabo de unos minutos alzó su mirada y levantándose de su sillón se
dirigió a los controles. Y por quinta vez, manipuló los botones que le per-
mitían visualizar el holograma, y por quinta vez ella apareció de nuevo en
su cuarto camarote, con su larga melena rubia contrastando con el mono azul
de suboficial de mantenimiento, tal y como iba vestida la primera vez que la
vió, el día que supo que ya nunca más podría olvidar aquella cara, aquella
dulce voz con su suave acento de las colonias exteriores, y aquella sonrisa
más brillante que cualquier estrella del Universo.
“Se que mi fin está cerca”, empezó a contar otra vez el holograma,
mientras por quinta vez él la observaba sentado en su sillón escuchando su
último mensaje, su mensaje de adiós.
Por quinta vez vió su mano sobre su pecho, e intentó secar las lágri-
mas que brotaban de sus ojos. No pudo. Tampoco lo consiguió la sexta. Ni la
séptima.
Una sirena rompió su ensoñación, y le recordó que el mundo no se había
parado, sino que seguía en marcha y le llamaba para que tomara parte de él.
Accionó una vez más los controles del holoproyector, esta vez para apagarlo,
y esperó frente a la compuerta a que ésta se abriera. Cuando lo hizo, la
cruzó y se colocó en la cinta transportadora. Allí, de pie, pensaba en lo
cruel que podía ser el mundo con él. Solamente habían pasado unas horas. Su
cuerpo inerte flotaba en el espacio a unos pocos millones de kilómetros.
Ni siquiera le habían permitido asistir al funeral. Tampoco le habían dado
tiempo a reponerse de su pérdida, sino que allí se encontraba, recorriendo
los kilómetros de pasillos que le separaban de su puesto de trabajo.
Quería llorar, quería sentarse en su cuarto camarote y llorar junto
al holograma de su amada hasta derramar la última gota de la pena que lle-
naba todo su cuerpo y partía su corazón en mil pedazos. Llorar, llorar por
ella, llorar por sí mismo, buscar consuelo en su recuerdo y fuerzas para
vivir un día más.
Pero no pudo. Por mucho que lo intentó una y otra vez, no pudo hacer-
lo. Aunque su corazón se caía en pedazos, no pudo llorar. Sentía que no que-
daba nada en este mundo por lo que vivir, nada en este jodido mundo que le
separaba para no permitirles juntarse nunca más. Este jodido mundo que no
le dejaba descargar sus penas, este jodido mundo que no le dejaba llorar,
ni siquiera una simple lágrima.
Intentó recordar qué cosas buenas le había pasado en la vida, qué
cosas podrían hacerle aguantar un día más con el corazón hecho pedazos por
todo su pecho: La colonia de Ilum donde inició su vida, una brillante carre-
ra en la academia de oficiales de la Confederación donde se graduó, sus más
de mil viajes interestelares como navegante de diversas naves de la Cofradía.
Pero nada de ésto le reconfortó. Lo único bueno que le había pasado
en toda su vida sucedió en este último viaje, el 1078 de su carrera.
Era una joven suboficial de mantenimiento nacida en las colonias ex-
teriores de la Confederación y recién salida de la Academia. Este era su
primer viaje y él fue asignado como su tutor para supervisar su aprendizaje
en el periodo de prueba en situaciones reales. Lo demás vino solo.
La cinta transportadora se detuvo y una puerta se abrió ante él. To-
dos los subordinados en la sala de control se pusieron en posición de firmes
y el ruido que produjeron las botas al entrechocar retumbó por toda la sala.
Con un leve gesto de su mano les mandó descansar, y pidió al suboficial
auxiliar el informe de lo acontecido las últimas horas de viaje.
Paseó lentamente por la sala sin escuchar apenas el informe que obe-
dientemente el suboficial le proporcionaba. Cuando éste acabó, se dirigió
al personal de la sala y les ordenó que la desalojaran. Todos obedecieron
sumisos: Las órdenes de un oficial eran incuestionables.
¡Cuantas veces en aquella misma sala había satisfecho la curiosidad
de su joven pupila, enseñándole el funcionamiento del “controlador de Sal-
tos”, el panel de estado de la nave, los controles manuales de navegación,
el buscador de rutas, y cómo escuchaba ella, siempre atenta y disciplinada,
como enseñaban en la Academia!. Lo demás vino solo.
Recorrió la sala rememorando sus charlas con ella, simulando que
estaba de nuevo allí, recibiendo una de sus clases. Recorrió suavemente con
sus dedos todos los sitios donde recordaba que alguna vez sus dedos se ha-
bían posado, intentando extraer de aquellos fríos paneles un poco del calor
que una vez ella le había dado.
Parece que hubieran pasado siglos. Poco a poco la ilusión se fue des-
vaneciendo, y el recuerdo del pasado perdió la fuerza que le había hecho
olvidar por un momento su pena y recordar todo lo feliz que había sido es-
tando a su lado. Sintió de nuevo el renacer de la pena dentro de él con más
fuerza incluso que antes, ya que a la pena de su pérdida se sumaba el fin
de su sueño y la vuelta a esta triste realidad que su mente no quería acep-
tar.
Se sentó en el sillón de control e introdujo el holograma en el ho-
loproyector. Lo volvió a ver, una, dos, tres veces, ella lloró, levantó la
mano de su pecho y se desvaneció, una, dos, tres veces, intentó llorar por
la pérdida del único ser que había amado nunca con un amor más fuerte que
su propia vida. Ella lo fue todo para él en el breve tiempo que pasaron
juntos en aquel viaje. Ella le enseñó lo que era el amor.
- Si fuí capaz de amar, ¿Por qué ahora no soy capaz de llorar? -se pregun-
taba amargamente mientras hundía su cara entre sus manos-. ¿Por qué esta
tortura?,¿por qué?, ¿por qué no puedo llorar?
Permaneció sentado con la cabeza entre sus manos hasta que el sonido
del avisador de saltos le sacó de su estupor. El salto anterior se estaba
completando y era hora de realizar el siguiente. Recorrió lentamente la sala
con su mirada mientras se dirigía al controlador de saltos.
Lentamente levantó su mano y la posó sobre el panel de entrada. In-
trodujo las coordenadas del próximo salto, que le llevaría lejos del cua-
drante estelar donde todo había sucedido. Evocó en su mente una vez más el
sonido de su risa, y cerrando los ojos, accionó el botón.
La nave carguero de la Confederación de provincias exteriores
A.30.55.10 se desintegró al materializarse tras el salto en el corazón de
una estrella. Más de 20 mil personas murieron y varios millones de toneladas
de carga se perdieron en un instante. Y todo porque en aquella fábrica de
Ilum a nadie se le ocurrió nunca que un robot pudiera enamorarse, que un
robot quisiera llorar.
Rodrigo García


