LA FUGA
La oficina le ahogaba. Su despacho se configuraba en su mente como
uno de aquellos calabozos para desafectos al Régimen que había visitado en
una cárcel museo en un viaje reciente. Eran celdas austeras, con pocos
alardes de seguridad. Pero era la suya una austeridad carcelaria y triste,
sin concesiones. Aurelio, no obstante, tenía un privilegio. Al igual que
aquellos desgraciados reclusos en su celda, contaba con bastante tiempo
para si mismo. Apenas tenía trabajo. Quizá se debiera a un intento de la
compañía para socavar su moral y provocar su dimisión por hastío. Cierta-
mente, no era probable que esta situación pudiera prolongarse durante mucho
tiempo. Sabía que acabaría por echarle, pero cada vez le importaba menos:
Sabía vivir con lo justo, y no tenía familia.
Su historia era convencional: Había ingresado en la compañía con 20
años y un futuro prometedor. Tenía ilusiones, y se entregó en cuerpo y mente
a su ocupación. Asistió a clases nocturnas y quemó sus pestañas adquiriendo
conocimientos que luego volcaba en su trabajo. Descuidó por ello su vida
personal. Salió con alguna chica, y tuvo una novia más o menos formal. Todas
huyeron decepcionadas al descubrir que la profunda naturaleza emocional de
Aurelio llevaba años secuestrada por sus obligaciones profesionales.
La renuncia a los vitales placeres le encumbró en la empresa. En po-
cos años alcanzó la jefatura de ventas. Era el encargado de la distribución
mensual de más de mil toneladas de acero para la construcción. Era el culmen
de su carrera y de su vida.
Pero poco a poco comenzó a sentirse solo, a echar en falta el ser
esencial para alguien, de disfrutar de la emoción de cuidar y ser cuidado,
y sentir como sus días se iban desangrando entre el afecto de algún ser que-
rido.
Aurelio tenía una salida a su vacío vital: le apasionaba el mar.
Sentía por el océano una atávica atracción. Era el lienzo donde esbozaba
sus proyectos, la fuente de su inspiración, su atalaya particular. Le exal-
taba su inmensidad. Para él navegar era como vagar por el firmamento, ser
pelegrino de las estrellas.
Todas las frustraciones y desencantos de la complicada existencia
humana dejaban de tener sentido cuando se adentraba en el piélago. Y se
sentía humilde y liberado ante el reencuentro con el útero ancestral.
Tenía su barco de vela amarrado en un puerto de una pequeña localidad
distante 10 kilómetros de la ciudad donde vivía y trabajaba. Era un balandro
robusto, de unos 8 metros. En recuerdo de antiguas tradiciones de su tierra
lo había bautizado como “Bardo”. Decía que, al igual que aquellos antiguos
rapsodas, su barco escribía en el agua los poemas que el viento le dictaba.
Las cosas comenzaron a ir mal en el trabajo. La crisis de las acerías
estaba anunciada. La compañía se vió obligada a diversificar su producción y
a reducir plantilla. El presidente decidió segregar todos los departamentos
que seguían siendo rentables, englobándolos en empresas distintas. Al frente
de cada una de ellas colocó a una persona de su confianza.
Aurelio había adquirido carisma con los años. Demostraba sensibilidad
hacia las personas. Conocía las virtudes y limitaciones de sus colaboradores
y procuraba dulcificar las crispaciones habituales en los ambientes de inten-
sa actividad. Su departamento llegó a ser el más alegre y motivado de la
compañía. Era un organizador nato, y procuraba buscar la eficacia en el tra-
bajo equilibrado, no en la actividad desmesurada y obsesiva.
Después de sufrir los reveses sentimentales de su juventud, compren-
dió que el trabajo era una parte importante en la vida de un hombre, pero
no la única. “No somos hormigas”, decía, “Nuestro cerebro no es solamente
racional, necesitamos la liberación que nos proporcionan las emociones”.
Pero, aquellos fundamentos encontraron pocos partidarios en el nuevo
staf de la compañía. Arribaron a ella algunos ejecutivos de agresivo talante
que utilizaban su jerarquía y autoridad como el único medio para proyectarse
sobre los demás, incapaces de seducir voluntades. La vida era, a su criterio,
un conflicto de intereses, una jungla sanguinaria donde vencías o eras ven-
cido.
Pronto se percataron del peligro que para ellos representaba la per-
sonalidad de Aurelio. Una palabra suya y se desencadenaba una actividad fre-
nética y espontánea. El era el artesano que mantenía en perfecto estado la
maquinaria del departamento. Comprendieron que nunca estarían a su altura y
decidieron quitarlo de enmedio.
No les fué demasiado difícil hacer que su actitud fuese progresiva-
mente cuestionada por el presidente. Bastaba con esperar el momento justo
en reuniones y juntas de personal directivo para ridiculizar sus métodos
trasnochados frente a los ultramodernos sistemas de marketing que por su-
puesto ellos dominaban. Algunos errores que supusieron pérdidas a la empresa
fueron imputados a su gestión. Y no se perdía ocasión de minar su confianza,
provocando pequeños desajustes en sus balances.
Progresivamente Aurelio fue apartado de las tareas importantes y re-
legado a la función de mero supervisor contable.
En la fría soledad actual de su despacho soñaba muchas veces con es-
capar del mundo, huir en su barco sin dejar rastro, desaparecer sin más
para buscar algún lugar tranquilo donde la vida marchase sin sobresaltos.
Tenía ya algunas ideas respecto de algunas pequeñas islas en los mares del
sur o en el Océano Indico, archipiélagos perdidos, alejados de las rutas
turísticas convencionales, pero suficientemente civilizados para tener cu-
biertas las necesidades básicas. Imaginaba fácilmente los comentarios de
sus compañeros, sus caras de asombro, y la íntima satisfacción mal disimu-
lada por brindarles un tema de conversación con que romper su estúpida
rutina. Tal vez, incluso alguien se alegraría por él, y sentiría esa libe-
ración cómplice que siente el ser humano cuando un semejante decide romper
sus cadenas y recobrar el estilo de vida primitivo hacia el que le proyecta
su instinto, la complicidad humana del espíritu atormentado.
Pasaban los días. Una mañana a mediados de enero Aurelio fue llamado
al despacho de la directora de división, y su corazón le dió un vuelco.
-¡Ya está! -se dijo-, ¡ya se ha dictado sentencia y el reo es reclamado!
Respiró hondo y se dirigió al cadalso. La directora le esperaba con
aspecto triste. Cuando Aurelio entró, le invitó a sentarse y le dedicó una
forzada sonrisa. Su incomodidad era manifiesta. Aquella mujer, madura y de-
cidida, parecía ahora una colegiala ansiosa a punto de confesar una fecho-
ría.
- Hola Aurelio, ¿Cómo le va?. Verá, yo.. he de decirle algo, no es fácil
empezar.
Aurelio terció con resignación:
- Se lo ruego, vaya al grano directora.
- Verá Aurelio, usted sabe que la compañía se ha visto obligada a hacer rea-
justes importantes en los últimos tiempos, y todavía no ha sido suficiente.
Tenemos a la competencia en la puerta y corremos un serio peligro de que-
brar si no radicalizamos más las medidas, y su departamento es uno de los
más afectados. Esto podría ser provisional, pero…
Aurelio le interrumpió:
- ¡Pero nos vemos obligados a prescindir de usted!.
- Verá.., no se altere, por favor, tampoco es así, esto sólo sería provisio-
nal. Si las medidas tomadas para salvar la empresa funcionan, y es cues-
tión de un año el saberlo, no solo abandonariamos la política de reducción,
sino que volveriamos a necesitar personal. Usted ha sido fundamental en
el negocio, y lo volverá a ser. Podría llegar a dirigir una sucursal que,
si todo va bien..
- ¡Basta directora!, no me haga reir. ¿Qué es esto? ¿Un concurso de eufemis-
mos?. Es del público dominio que los nuevos cachorros no me tragan porque
atento seriamente contra la imagen del ejecutivo moderno, de grave semblan-
te y ceño fruncido. En ellos eso me parece normal por su maldita prepoten-
cia, pero ¿Usted?. Usted me conoce desde hace mucho tiempo, y siempre nos
hemos manifestado confianza y respeto.
- Y así sigue siendo por mi parte. Por favor, no me malinterprete. Yo no
tengo nada contra usted, nada en absoluto. Siempre me ha gustado su esti-
lo, la gente le adora, yo mismo le habría confiado con gusto la dirección
del departamento, pero… Entiéndame, la compañía no la formo yo solamente,
todo es más complicado de lo que cree.
- Si -intervino Aurelio- Ahora lo entiendo. Usted también está atrapada por
esos indeseables, ¿verdad?. ¿Qué le han dicho?. ¿Le han puesto su mejor
sonrisa de diseño?, ¿le han dado el ultimátum con su voz de androides mo-
nocordes? ¡o ese patán o nosotros, directora! ¡Piénselo!, somos su futuro
y él su pasado. Esto no es una maldita comuna, por nuestra dilatada expe-
riencia sabemos que las buenas relacciones con el personal son incompati-
bles con el trabajo. Aquí se viene a trabajar, no a hacer vida social.
La mujer bajó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos. Cruzó las manos
y le habló tras una larga pausa:
- Esto va demasiado aprisa para todos, Aurelio. No le falta razón, lo reco-
nozco. ¡Maldita sea!, tengo las manos atadas. Hace 10 años tendría margen
suficiente para actuar según mi criterio, con o sin ellos. Pero, ahora me
obligan a decidir. He de elegir entre usted o muchos otros. Esto es ahora
un crisol de ambiciones. Todos luchan de forma despiadada por hacerse con
el control. He tardado en comprenderlo, y ahora estoy en un callejón sin
salida.
El sonrió con amargura. Hizo un cómico ademán y prosiguió:
- Por culpa de sus estúpidas envidias me están condenando a un destino in-
cierto. Mi vida podría ser una odisea a partir de ahora. ¿Se lo imagina,
directora?. Ir de picaflor de aquí para allí, como alma en pena, repar-
tiendo currículums por toda la ciudad, para acabar oyendo siempre lo mismo.
Seré muy popular, todos conocerán la historia de mi vida. Quizá acabe in-
terviniendo en un “Reality Show”.
- Aurelio, por favor -continuó la directora-, deje de usar este tono formal
conmigo, siempre nos hemos apreciado. Cuando salgamos de esta situación
precaria siempre habrá aquí un sitio para usted. Le doy mi palabra. No le
garantizo su cargo anterior, tal vez tenga que desplazarse a otro lugar,
pero no se quedará tirado. Yo estoy de su lado. Descanse una temporada.
Deje que todo se normalice. Vuelva dentro de unos meses, y comprobará que
no le estaba mintiendo. El presidente me escuchará, se lo prometo.
Aurelio se había acercado a la ventana del despacho. La voz de la di-
rectora sonaba ahora a su espalda lejana, inaudible, formando parte del run
run ambiental. Afuera, la ciudad convulsiva y estridente, insectos habitando
el vértigo, ansiedad y torbellino por doquier. Estuvo ensimismado durante
un buen rato. Su vida desfiló por su mente como una exhalación. Recordaba
todas las absurdas preocupaciones que le habían atormentado hasta la sacie-
dad, sus miedos irracionales que lo habían convertido en un autómata, su
terror a fracasar.
Su interlocutora hacía tiempo que se había callado y le miraba preo-
cupada. Intentó reanudar la conversación, pero él le interrumpió:
- No Isabel, no quiero su compasión. No se inquiete por mí, no arrojaré la
toalla. Mi verdadera vida acaba de comenzar ¿sabe?. Hay todo un universo
esperándome afuera. Un hombre es un proyecto que solo se completa cuando
se vuelve al punto de partida. Hay que reencontrarse con el niño que una
vez se ha sido. ¿No se da cuenta?. La infancia, llena de preguntas, es lo
único que evocamos durante toda la vida, cuando éramos audaces explorado-
res en busca de emociones y repuestas, ávidos de vida e ilusiones.
Le agradezco mucho sus ofertas, Isabel, pero, ya he decidido dimitir
de mí mismo.
Ella miraba perpleja. A menudo se hacía las mismas preguntas, pero
siempre como un artificio mental en momentos de angustias y frustración.
Creía que alguien en sus cabales nunca materializaba esos anhelos, y dudaba
de que, incluso ahora, tuviesen fundamento. Pero sin pretenderlo, la había
conmovido.
Se acercó a él y le abrazó con lágrimas en los ojos.
- Haga lo que haga en su futuro, Aurelio, por favor, no se olvide de mí.
Yo no soy su enemiga.
Zarpó en un atardecer de abril. Había pasado dos meses preparándolo
todo. Releyó sus viejos apuntes de navegación. Trazó decenas de rutas sobre
cartas náuticas e hizo acopio de provisiones suficientes para sobrevivir
durante meses en la mar.
El barco estaba resplandeciente. Orientó la proa cara al sur y ajustó
el piloto automático. Las velas se inflaron con el fresco viento de través
y la embarcación dio un salto hacia adelante. Comenzaba su periplo.
Aurelio iniciaba la gran aventura de su vida. Pero ahora ya no estaba
solo. Ella le acompañaba. Su decisión no había sido inmediata. Comenzaron a
verse para tratar las condiciones de la rescisión del contrato. Isabel fue
cobrando creciente interés por el proyecto vital de Aurelio. La incipiente
simpatía mútua fue dejando paso a la complicidad y a la ternura. Y como una
locura de su recuperada juventud decidieron unir sus vidas.
Hubo un gran revuelo en la compañía. El presidente sintió tambalear
sus cimientos. Les suplicó que se quedaran. Prometió a Aurelio un cargo muy
superior al que antes ostentaba y plena libertad para decidir. Reconoció que
se había equivocado al juzgarle, y que había sido víctima de una vergonzosa
acechanza. Las cosas serían como antes para todos. Puso el nombre de ambos
en un cheque millonario y se lo ofreció a cambio de su permanencia.
Todo fue inútil. Sentados en la popa, echaron una larga y última mi-
rada a la ciudad donde habían dejado una parte de su existencia. Sus ojos
brillaban extasiados. Se cogieron de la mano y sus bocas se fundieron en
un prolongado beso.
El barco desdibujaba su silueta bajo el crepúsculo. Ni el más sublime
de los tesoros habría podido ya hacerlo regresar.
Manuel Díaz Santamaria (El Ferrol - La Coruña)