La hora exacta
13 Agosto, 2007 — David Estoy esperando el autobús para dar un paseo por el parque. El médico me lo ha aconsejado para mi precaria salud. Estos hombres de gris que también esperan el mismo autobús, tampoco parecen gozar de muy buena salud. Uno acaba de toser, y ¡Santo Dios!,¡ha escupido sangre!. Otro vomita ahí al fondo.
Parecen como oficinistas que miran el reloj impacientes para acudir a su rutinario trabajo…si no la palman antes, claro ¡pobres desgraciados!. Yo me distingo de ellos por mi abrigo de pana marrón y la bufanda del mismo color,
incluso una gorra inglesa. Pero ellos parecen todos idénticos, hasta en sus calvas.
Parece que entre la niebla viene el bus. No alcanzo a ver el número, pero en esta parada sólo puede ser el 35. Tal es la niebla y el frío, que hasta el conductor parece envuelto en ella.
Cojo mi billete y me siento en la vieja madera, lo más atrás posible, junto a la puerta de salida. Los cristales están tan empañados, que es imposible ver fuera. En la niebla, lo mismo, así que uno, o se dedica a sus cavilaciones internas, o a observar a esta gente gris.
Opto por observar en lugar de divagar por los páramos yermos de mis pensamientos. Es curioso, sólo quedan dos asientos libres. Es curioso, hace más frío aquí dentro que fuera, en la calle. Es curioso, ninguno se mueve ni un ápice. Es curioso, huele como a hongos y sustancias putrefactas. Más curioso aún, en ningún momento se ha abierto la puerta para que baje algún viajero. Ahora suben dos. ¡Justo!, no sobra ningún asiento más.
Pasa el tiempo. Ya hace, según mi idea del tiempo, pues mi terco reloj se ha parado al subir a este autobús, que debería haber llegado al parque. Siento terror, horror, miedo. Impulsivo pienso en el retraso del bus. Saco mi billete para confirmar mi línea. ¡Es negro por completo!.
Me tiemblan las piernas. Voy al conductor para pedirle me abra la puerta y bajar. Un escalofrío me recorre de arriba a abajo. No es el uniforme de un conductor de TUBSA: capucha y capa negra. No es un volante, es una guadaña. Me atrevo a abrir la boca:
- Creo que me he equivocado de autobús y de horario. Si pudiera bajar…
No es un conductor. Seguía su cadavérica calavera sonriente, y como
una voz de ultratumba me dice:
- ¡La hora exacta, Paul!, lo cogió en punto. Su viaje hacia la nada, la muerte. Ande, sea buenecito y siéntese. Lo demás, déjemelo a mi.
Soy su madre cariñosa y oscura. Os amo a todos por igual. Tu tiempo se acabó.
Me giro horrorizado. Quiero gritar un ¡no, aún no!, pero el terror… Veo que todos los hombres de gris me miran desde sus calaveras. Sus órbitas sin ojos, sus sumisas sonrisas… Me veo reflejado en un blanquinoso cristal.
Mi cara comienza a descomponerse. Un ojo cae al suelo. En la frente comienza a adivinarse mi calavera. Me siento paciente…
Roberto Graciada
P.D. : para encontrar y descargar la seleccion “completa´´: http://es.geocities.com/eb3emd/miscel.htm


