El coche se apartó de la carretera principal y lentamente serpenteó por un camino lleno de baches que subía pegado a las laderas de las montañas. Atrás iban quedando las viejas casas rurales rodeadas de huertos con sembrados multicolores en torno a los viejos muros de piedra con chimeneas humeantes. A cada kilómetro se hacían más densos y oscuros los bosques de pinos, castaños y robles, a cuyos pies crecían los helechos.
Pilar apenas reconocía estos paisajes por los que había transitado tantas veces siendo niña. El coche daba tumbos haciendo saltar en su interior a la conductora y al ramo de flores que envuelto en celofán iba en el asiento trasero. En el cielo las nubes se arremolinaban formando densas manchas grises que presagiaban tormenta.
Tras un recodo de la carrereta apareció el pueblo, un conjunto de viejas casas al pie de una iglesia situada en lo alto de un risco. Una formación piramidal como la de otras miles de aldeas que eran todo un símbolo de la jerarquización existente durante miles de años.
Aparcó el coche y subió la empinada rampa hasta la iglesia, a cuyo alrededor se ceñía el cementerio. Ya en lo alto extendió la mirada en torno suyo, y contempló aquel paisaje casi olvidado, todo teñido de tonos fríos en aquella tarde de otoño. Grises nubes, verdes prados, azules tejados de casas abandonadas. El viento soplaba fuerte y húmedo trayendo en sus alas olores de la mar. En su añoranza Pilar recordaba estos mismos lugares llenos del colorido del verano, del bullicio de la gente, de la música de los días de fiesta, y frente a sus sueños, la dura realidad con campos abandonados, casas en la ruina, y la Naturaleza que todo lo invadía, lenta pero inexorablemente. Y todo en 20 años.
Limpió la lápida que cubría la tumba de sus padres y depositó en ella el ramo de flores. De pronto se dio cuenta de que las flores estaban marchitas, como si tuviesen alma y se unieran a la tristeza que emanaba de todas partes. Un extraño escalofrío recorrió su cuerpo, algo que no sabía explicar, pero que se transformaba en voces lejanas que le hablaban desde algún lugar impreciso.
Como si estuviera viendo una película pasaban por su mente en torbellino figuras fantasmales, voces y murmullos. Ahora veía una niña rubia de ojos azules jugando alrededor de la iglesia con otros niños del lugar. Todos la perseguían, pero era Antonio el más fuerte quien estaba a punto de darle alcance. Una vez más ella se escabullía, perdiéndose en la bruma.
Bajó al coche después de meditar ante la tumba donde yacían sus padres, y encendió la radio para alejar de su mente extraños pensamientos. Sonó una música suave y dulzona. Mientras conducía como un autómata Pilar vió una vez más aquella niña rubia de ojos azules, ahora ya una adolescente, bailando en medio del campo adornado con banderas y luces multicolores. Ella
se reía, pero de pronto sintió que los brazos de su pareja la estrechaban fuertemente. Le miró a la cara pero aquel hombre no tenía rostro. Su alegría se iba transformando en angustia, quería dejar de bailar pero aquellos férreos brazos la apresaban más y más. Miró de nuevo a su pareja, y como detrás de un velo, fué apareciendo la cara de Antonio, ya transformado en todo un hombre.
- Es un buen chico, Antonio es el hombre que necesitas, deberías casarte con él, y atender la casa y las fincas -le decía su madre.
Pero Pilar tenía otras metas. Su pensamiento estaba más allá de las montañas, su meta era abarcar el amplio mundo, aquel mundo que ella había descubierto en los libros que devoraba con pasión en las noches del frío invierno a la luz de las velas.
Cuando se acercaba a la vieja casa de sus padres su corazón latía fuertemente. Abrió la pesada puerta, y allí estaba toda su vida. Era como visitar un viejo museo: amarilentas fotos, viejos y queridos objetos, carcomidos muebles, relojes inmóviles, y en las ventanas, cristales llenos de polvo que solo permitían pasar la tenue luz del atardecer. Toda la vida, toda la lucha, todas las ilusiones de sus antepasados estaban ante ella, reducidos a la ruina, en medio de un silencio sepulcral, sólo roto por el crujir del piso de madera bajo sus pies. Era como si todo fuera ajeno a su vida.
No, aquella no era su casa. Su casa era alegre y llena de vida, con una madre todo cariño y dedicación a su familia y un padre protector y firme como una roca. Su casa eran las risas en las tardes de verano y los cuentos alrededor de la lumbre en las noches de invierno. Su casa olía a ropa recién planchada y a pan salido del horno, a manzanas del huerto y a dulce de membrillo. Sobre un aparador algo brilló enviándole un guiño desde el pasado. Era una vieja sortija de pedida, y de nuevo la memoria de Pilar retrocedió en el tiempo.
Si, allí estaba la chica rubia de ojos azules, ahora la reconocía, era ella misma cuando tenía 17 años, y enfrente Antonio, el chico del pueblo que hablaba y hablaba. También estaban sus padres con una sonrisa pintada en el rostro, y los padres de Antonio, con sus trajes de domingo. Decían algo de boda. La estaban pidiendo en matrimonio. Ahora la joven de ojos azules sentía miedo y salía corriendo hacia la calle. Corría y corría hasta desvanecerse su figura en medio de la niebla.
20 años, y las viejas cartas de su madre. “Aquí está todo muy triste desde que te has ido. Antonio está muy raro y dicen en el pueblo que está medio loco. ¿Cuando te veremos?”. Pero Pilar no regresó jamás. “Están ocurriendo cosas terribles. Han aparecido cuatro chicas asesinadas en los últimos años. Hay quien dice que Antonio tiene algo que ver. El pueblo se está quedando vacío..”
Cerró la pesada puerta de un golpe, y puso en marcha el coche para alejarse de aquel lugar cuanto antes. Pero algo iba mal. Una de las ruedas estaba pinchada. Era casi de noche.
Cuando estaba sacando la rueda de repuesto, creyó ver una sombra que se movía entre las viejas y solitarias casas del pueblo. Se dio prisa, algo le decía que allí corría peligro.
Ya casi estaba colocada la nueva rueda, y nuevamente la silueta de un hombre se dibujó en una esquina, ahora más cerca. Solo faltaba apretar los tornillos. Cuando se disponía a entrar en el coche para ponerlo en marcha, unos fuertes brazos la sujetaron por detrás. A su mente volvió el recuerdo del baile con Antonio el día de la fiesta. Dio un fuerte codazo procurando zafarse y consiguió volverse hacia el agresor. Unos ojos inyectados en sangre la miraban ferozmente. En la mano derecha brillaba un cuchillo.
- Antonio, ¿Eres tú?. Soy Pilar.
Toda la agresividad del loco se disipó en un instante. Con voz trémula por la emoción dijo:
- ¡Te he esperado tantos años!. Vienes a casarte conmigo, ¿verdad?
Ramón Díaz Fernández (Madrid)
P.D. : para encontrar y descargar la seleccion “completa´´:
http://es.geocities.com/eb3emd/miscel.htm


