RECUERDOS
El viento choca en mi rostro mientras miro a través de la ventana. Los
árboles se balancean, los perros ladran, las farolas iluminan. No hay nadie
en la calle, y es raro, porque es verano, aunque precisamente hoy no es un
día típico del verano. En la oscuridad de la noche cierro los ojos y lo veo
como si hubiese sido ayer. ¡Maldita la hora en que te conocí!.
Aún recuerdo su mirada cuando nos presentaron en aquella fiesta, y sus
ojos verdes me desnudaron al instante. Me sentí tan desprotegida y pequeña
que quise esconderme. Pero tú te encargastes de que no fuera así. Durante
toda la noche me distes conversación. Al principio sentía miedo, luego admi-
ración, pero al final me di cuenta que me estaba enamorando. Cada palabra,
cada gesto, cada movimiento… Todo era armonía.
¿Cómo pude pasar del miedo al amor?. Eras tan excitante y misterioso,
que temí perderte. Todo tiene su fin, y con ello, llegó la despedida. Cada
uno se fue por su camino.
Esa noche me acosté con tu cara grabada en mi cabeza. No pude dormir.
Era imposible. Nunca volvería a verte, y no podía hacerme a la idea.
Llegó la mañana. El trabajo me hizo entretenerme. De nuevo vino la
noche. La pasé en vela, no podía quitarme tu imagen. Por más que daaba órde-
nes a mi cabeza, ella no me escuchaba. Tuve que levantarme y tomarme un
Valium. Me dormiría a las tantas, sólo se que cuando sonó el despertador,
estaba muy cansada. Otra vez el trabajo.
Cada día cuidaba de un grupo de ancianos que no se valían por sí mismos,
me hacía sentir muy útil. Sus conversaciónes me resultaban gratas, habían
vivido mucho.
Durante el día todo era más llevadero, pero vino la oscuridad, y con
ella, tu recuerdo. Estaba realmente cansada, pero seguía sin dormir. A mí
nunca me había pasado algo parecido. Por ello decidí hablar con Jorge, el
anfitrión de la fiesta, para contactar de algún modo con Carlos.
A la mañana siguiente, en el descanso del desayuno, llamé a Jorge y le
pregunté por Carlos. Jorge era un buen amigo mío desde hacía años, tenía
confianza suficiente como para contarle lo que me ocurría. Jorge se quedó
confuso, pues me dijo que no había en la fiesta ningún Carlos, ni nadie que
se pareciera a la descripción que yo hice de él. Aún más confusa que quedé
yo, pensé que era una broma de Jorge. Pero no lo fue. Quedamos a tomar café
y seguimos hablando del tema. Me dijo que a lo mejor lo soñé. Yo no sabía
que pensar.
Cayó la noche y seguía sin saber que ocurría. ¿Me estaba volviendo
loca?. No había ninguna explicación posible, en mis pensamientos seguía él.
Me preguntaba una y otra vez si me había enamorado de alguien que no exis-
tía.
Hablé con un psicólogo, pero no saqué nada en claro. Sólo sé que las
noches se pasaban pensando en él. Decidí entretenerme con mil y una cosas.
Fue inútil.
De repente un día estaba trabajando, se me acerca Claudia, paciente
mía, me dice que tiene un mensaje para mí. Intrigada le pregunto que quién
se lo dio. Ella me contestó que Carlos.
El corazón empezó a acelerarseme, las manos me sudaban. No podía creer-
melo. Intentando no tartamudear, le pregunté por el mensaje. Ella empezó a
hablar, lo que más me impactó fue lo primero que dijo. Sus palabras exactas
fueron:
- Mi hijo me ha dicho que no te preocupes. Volverás a dormir por las noches.
No podía moverme. Apenas respiraba. Me quedé mirando sin poder reaccio-
nar. Decía la verdad. ¿Cómo podía saberlo si Claudia padecía alzheimer?.
Ella nunca antes me había hablado de algún hijo; pensé que no tenía ninguno.
Quise preguntarle más cosas, pero cambió de tema, y le vi que estaba
algo ida. Decidí buscar información sobre ella y su hijo. Me fui al registro
de la clínica y encontré su historial. Lo guardé para leerlo en casa más
tranquilamente.
De camino a casa me encontré con Jorge. No quise decirle nada, pue no
podía probarlo. Al llegar a casa me puse cómoda, comí algo y enseguida em-
pecé a leerlo.
Claudia nunca se había casado, pero tuvo un hijo que nada más nacer se
lo quitaron. Ella ya tenía problemas mentales por esa época, y los médicos
temieron por el niño. El nombre no aparecía por ningún sitio. Carlos es
probablemente el nombre que ella le puso porque le gustaba, pero no su ver-
dadero nombre. Supuestamente ella nunca lo volvió a ver, pero hablaba de él
como si lo viese de vez en cuando.
Ya había leído todo, o eso me pareció, porque de repente apareció otra
hoja, y en ella decía que también tuvo una hija cinco años después. Se la
quitaron como con Carlos. ¡Dos hijos!. Ella jamás dijo nada. Pobre mujer.
No pudo verlos ni tenerlos con ella. Tuvo que ser terrible. Eso no se iba
a quedar así. Yo buscaría a sus dos hijos, sobre todo, a Carlos.
Esa noche me acosté y pude dormir. No sabía porqué, por fin descansé.
Lo primero que hice por la mañana fue ir al ayuntamiento y pedir información
sobre qué tenía que hacer para encontrar a esas dos personas.
La mañana se me pasó de viajes y papeleos, se acercaba el momento de
saber la verdad. Tenía los documentos en mis manos. Empecé a leer. Cuando
acabé, tuve que sentarme y respirar.
Debía estar equivocada, eso no podía ser. Era cierto que su hijo se
llamaba Carlos. Este murió en un accidente hacía cinco años. Su hija seguía
viva y se llamaba Ana. También ponía el nombre de los padres adoptivos. Ana
era yo.
Sabía que mis padres no eran los verdaderos, ellos me lo dijeron, y
también que mi madre murió al tenerme. ¡Tantos años engañada sin saberlo!.
Era injusto.
Corriendo fui a la clínica a ver a Claudia. Nada más verla me dijo que
sabía que algún día me conocería. Ambas empezamos a llorar y nos abrazamos.
Me habló diciendo que no me preocupara por mi hermano Carlos, que sólo quiso
conocerme y hablar conmigo, jamás quiso transtornar mi vida, que me quiere
a pesar de que casi no me conoce. Nos tiramos una hora hablando y llorando.
Todo fue bonito. No quería separarme nunca más de ella. Llegó la hora
de marcharme, y me fui a dormir a mi casa. Llamé a mi madre adoptiva y se
lo conté todo. Quedamos para ir a la mañana siguiente a ver a Claudia.
Al llegar, la sorpresa que nos dimos fue horrible. Durante la noche
ella murió, y dejó una carta a mi nombre. Corriendo la abrí y la leí:
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Querida Ana:
Estaba esperando este momento para morir en paz. Mi vida no ha
sido un camino de rosas, pero por fin descansaré en compañía de mi
hijo Carlos.
Vive y sé feliz. Ya no te molestaremos más.
Te quiere
tu madre.
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Mi madre adoptiva y yo nos abrazamos y lloramos. Ella tampoco sabía
nada de este lío.
Todos fuimos engañados.
Rebeca Santiago Fernández
P.D. : para encontrar y descargar la seleccion “completa”
http://es.geocities.com/eb3emd/miscel.htm


