EL VIEJO CASERON
Ella ya no pudo más. A pesar de la vitalidad y energía que acompa-
ñaban a sus 16 años, estaba realmente agotada. Se bajó de la bici y fue
andando el resto del camino. Hacía tiempo que había perdido de vista a su
padre y su hermano, pero no le preocupaba demasiado, sabía que regresarían
por allí tan pronto encontraran el coche. Aquel frío domingo de enero el
viento soplaba más de lo habitual, y la noche estaba muy avanzada. La lluvia
caía con fuerza, por lo que decidió buscar un lugar donde resguardarse.
Divisó a unos metros el viejo caserón que tantas pesadillas le había
causado de niña, pero, olvidando sus temores infantiles a causa del temporal,
se encaminó hacia allí. Dejó la bici bajo la luz de una farola cercana para
indicar a su padre donde se encontraba, y se adentró en la casa. Lógicamente
se quitó la cazadora mojada. Gracias a Dios el chandal aún estaba seco, con
un poco de suerte no pillaría un resfriado.
Debido a la escasa luz de la Luna y absorta en sus pensamientos, no
distinguió una silla que había en el centro de la sala, y tropezó con ella
dando con sus huesos en el frío suelo de madera.
- ¡Mierda! -exclamó.
Se había clavado una astilla en la rodilla donde poco antes se hi-
ciera una herida. Se estaba infectando y le escocía horriblemente. Tenía
tiritas en un bolsillo, pero necesitaba más luz para curarse.
Buscó a tientas un interruptor, pero no encontró ningún indicio de
luz eléctrica. Por fin, encima de una mesilla, hayó un viejo candelabro.
Sacó el mechero de su padre del bolsillo y, aliviada por abandonar las ti-
nieblas, prendió las velas. A la tenue luz de las llamas todo eran sombras.
La habitación era tétrica, como en una película de terror, pensó. Había
imaginado muchas veces cómo sería aquel lugar, pero, aún así, la imagen la
sobrecogió. Muebles viejos y roídos, restos de lo que parecía haber sido un
piano y una gran lámpara de la que colgaban incontables telarañas llenaban
aquel lugar lóbrego y húmedo.
Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando vio las escaleras que condu-
cían al piso de arriba. Olvidándose de las tiritas, y sin saber porqué,
comenzó a subir. Los peldaños estaban colocados en espiral, de modo que para
subir había que girar constantemente hacia la derecha. A cada paso la madera
húmeda y carcomida crujía bajo sus pies, pero el miedo y la desconfianza
que aquello le inspiraba no impidió que siguiera ascendiendo. Sabía que
hacía mucho tiempo que nadie se atrevía a entrar allí, y sin embargo tenía
la sensación de que alguien, o algo, la estaba observando, por lo que pro-
curó hacer el menor ruido posible. Se dijo a sí misma que allí no había
nadie, que era solo su imaginación, pero eso no logró ahuyentar sus temores
ni calmar su corazón, que se encogó bajo su pecho cuando una puerta se cerró
de golpe.
El sonido venía de arriba, y ella deseaba bajar, salir de allí, pero,
algo más fuerte que su propia voluntad la obligaba a seguir subiendo, como
si alguien tirase de ella con una cuerda invisible. Cuando alcanzó el piso
superior encontró trece puertas que intentó abrir, guiada por una misteriosa
fuerza que ni ella misma podía explicarse. Pero todas estaban cerradas,
todas, excepto una. Lo supo con solo tocar el picaporte. Le bastó una mirada
para darse cuenta de que aquella puerta, la número 13, era la que había
producido el ruido. Una extraña sensación la impedía abrirla pero a la vez
la llamaba a hacerlo. Segura de que no había sido el viento el que había
cerrado aquel trozo de madera, su curiosidad por saber quien lo habría
causado fue más fuerte que el miedo a lo que pudiera encontrar, y sin dudar
un momento, abrió el portón. Una fuerte ráfaga de viento le arrancó el
candelabro de las manos y algo cayó de su bolsillo, pero no se molestó en
recogerlo.
Oscuridad, tan solo oscuridad. No se veía ni oía nada en el interior
de aquella habitación, y sin embargo podía sentirse algo diabólico en el
ambiente. De pronto le vinieron a la memoria todas las historias que se
contaban de aquel lugar, y las extrañas desapariciones, las pesadillas y
los rumores sobre aquella maldición de la que tantas veces se había reído.
El dolor de la rodilla se había intensificado, la cabeza le martilleaba de
un modo insoportable. Quiso correr, dar media vuelta y huir, escapar de
allí, de aquello, pero, ya era demasiado tarde. La puerta se cerró tras
ella, y supo que era el fin.
Cuando su padre y su hermano reconocieron la bici, entraron en la
casa llamándola. Encontraron su cazadora, todavía húmeda, pero ni rastro de
ella. Buscando en el piso superior solo hallaron 13 puertas, doce de las
cuales daban paso a viejas y descoloridas habitaciones, y tan solo una, la
última, permanecía completamente cerrada e imposible de abrir, y a los pies
de aquel portón de madera roída, reconoció el padre su mechero, junto al
cual yacía un oxidado candelabro de velas, aún humeantes.
P.D. : para encontrar y descargar la seleccion “completa´´ :http://es.geocities.com/eb3emd/miscel.htm
http://www.esnips.com/doc/356a5b3d-4748-4722-9c26-4476481e13df/02—Traditional-Gaelic-Melody



21 Junio, 2009 a las 12:57 am
me parese tenebroso el viejo caseron
21 Junio, 2009 a las 12:58 am
me parese tenebroso pero me voy a montar voy hacer un parque y sera la casa mas tenebrosa q el viejo caseron