UN ANUNCIO
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Aquella era una ciudad gris como tantas otras ciudades. Una ciudad con gente que iba y venía en un peregrinar constante, pero desmotivado.
Cada día, al volver del trabajo, Marcelo encontraba las mismas paredes grises y aburridas, las mismas caras, los mismos coches, los mismos semáforos, las mismas farolas. Pero Marcelo siempre sonreía, siembre iba atento, disfrutando de toda aquella cotidiana escena como si de un guiñol de tamaño natural se tratase. El recorría la ciudad en su paseo diario inventando las historias de la gente que se encontraba. No le hacía falta conocer a todas aquellas personas. Inventaba sus nombres, sus ocupaciones, sus amores, sus odios… Cada día convertía aquella ciudad gris habitada por aquella gente indiferente en una ciudad llena de historias. Las caras que se cruzavan en su camino eran anónimas, pero en sus pensamientos todos tenían nombre.
Cuando se cruzaba con aquella pareja que tras el trabajo se contaban sus problemas y lo saludaba con una sonrisa, pensaba que María y Miguel seguían tan enamorados como siempre. O cuando caminaba por aquel callejón invadido por el olor a tortilla de patata pensaba en doña Josefa y su familia, felices alrededor del televisor degustando una cena apetitosa.
Aquel día algo distinto llamó su atención en la avenida ancha y ruidosa. En uno de los lados de la marquesina de las paradas del autobús, donde en ocasiones anteriores se había encontrado todo tipo de imágenes que intentaban que comprara pizzas, compresas, tabaco, analgésicos… aquel día sólo se encontró con ella. Ella estaba allí con su sonrisa, su pelo largo y castaño, sus ojos de aquel verde que envidiaban los árboles en primavera, su rostro hermoso y unas pocas palabras que decían algo así como “Te busco a tí”.
Aquel día llegó una hora más tarde de lo habitual a su casa, pero a él, a Marcelo, el triste empleado de correos, le parecieron solo segundos el tiempo que estuvo contemplando aquel cartel que sin duda le buscaba a él. De todos modos su gato y la cena fría que le esperaban en su casa no le echaron en falta durante aquel tiempo.
Al día siguiente pasó toda la tarde deseando salir de la oficina. No le importaba sino poder volver a contemplar aquel rostro. Esta vez fueron 90 minutos. Recorría una y otra vez aquella sonrisa, aquellos ojos que le miraban a él, y le decían le buscaban.
Pasó los días observando aquel pedazo de papel sin conseguir imaginar una historia para ella. Ni tan siquiera podía imaginarse un nombre. Pasaba las horas mirándola, sin saber porqué, pero sin necesitar un motivo. La observación de aquel rostro le descubría nuevos detalles a cada momento.
Las horas del trabajo transcurrían lentas y aburridas como siempre, pero sabía que después la vería a ella. Hasta llegar a la marquesina del autobús sus pasos eran rápidos. Y un buen día notó que, en lugar de “Te busco a ti”, al pie de aquella mujer ponía “¿Por qué me miras?”. Supo entonces que le hablaba a él. Se acercó al cartel, recorrió con sus manos el rostro que tanto había observado, y musitó “Porque te quiero”.
En aquella ciudad gris nadie tuvo tiempo para observar que donde antes había un cartel con una bella mujer y unas palabras cualquiera ahora podía verse una pareja que se debatía en un apasionado beso. No lo notaron María y Miguel, ni la señora Josefa, que volvía de la tienda de comprar huevos y patatas, ni tampoco los operarios del ayuntamiento que quitaron aquel cartel y en su lugar colocaron el de un perro con pedigrí, feliz sin duda porque su amo obsequiaba sus caricias con el último grito en comida para animales.
Miguel Angel Martín Tirado
P.D. : para encontrar y descargar la seleccion “completa´´ :http://es.geocities.com/eb3emd/miscel.htm


